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La mirada femenina de Lorenzo Silva

Ponencia presentada en un curso de la Universidad de Verano  de Baeza, en el que Lorenzo Silva habla de tres de sus escritoras favoritas (Jane Austen, Virginia Woolf y Kate Atkinson).

La mirada femenina.

Si no fuera porque el título del curso sirve para situar esta intervención en un saludable contexto de normalidad, podría a algunos resultar chocante el que un escritor varón se avenga a disertar sobre mujer y literatura sin que sea preciso ejercer sobre él violencia ni coacción alguna. Podría quizá parecer un gesto poco viril, o incluso hacerle el caldo gordo a ese feminismo rampante y belicoso del que tantos escritores son detractores decididos. Pero siempre he detestado los tópicos y las ideas preconcebidas y contemplado con enormes reservas cualquier militancia intelectual intransigente. Por eso me alegra poder comenzar afirmando que el asunto que aquí se debate suscita en mí un interés intenso y antiguo, y también por eso debo agradecer a la directora del curso su invitación a participar en él. No quiero dejar de celebrar públicamente su idea de no limitarse a abastecer las ponencias del curso con mujeres, como suele ser habitual en todo lo que se organiza en torno al binomio, quizá de moda, "mujer-literatura". Su buen criterio nos acredita que en alguna parte perdura el sentido común y no prevalece, todavía, el cada día más imparable pensamiento binario-simplista.

Quisiera hablar hoy sobre la mirada femenina en la literatura, y para ello, como resulta conveniente (aunque quizá no forzoso), preferiré referirme a la obra y la personalidad de algunas escritoras, unas célebres y otras menos conocidas. Pero antes de eso, y no sé si como introducción provocadora o como expiación de los pecados históricos de mi sexo, perderé unos minutos en analizar lo que podría considerarse el reverso del título de esta intervención: la mirada del escritor varón sobre la mujer.

I. MIRADAS MASCULINAS

Aunque sea una constatación que a nadie debe enorgullecer, es cierto que cuando uno se para a examinar el trato históricamente dispensado a la mujer en los libros escritos por hombres, no resulta nada difícil encontrar múltiples casos de actitudes poco presentables, y no sólo desde esa óptica mojigata de la corrección política, sino incluso desde el estricto punto de vista de la dignidad humana.

Como sería muy fácil traer a colación a uno de esos escritores a quienes todos detestamos, para perpetrar un linchamiento ventajista aprovechando la obviedad de la materia, prefiero recoger aquí, a título de ejemplo, algunas miserias de uno de los escritores en lengua castellana a quienes más admiro: Juan Carlos Onetti.

Primera miseria: siempre pudo presumirse que la principal heroína del ciclo narrativo de Santa María, localidad imaginaria en la que transcurre gran parte de la obra de Onetti, es la tarada Angélica Inés, con la que el turbio Larsen planea un sórdido matrimonio por interés en El astillero. No obstante, y para que no quedara ninguna duda, al autor, antes de morirse, le dio tiempo a convertir a esta retrasada y plausiblemente ninfómana en consorte de su indudable héroe máximo, el doctor Díaz Grey. Lo hizo en su por otra parte estremecedora novela última, Cuando ya no importe.

Segunda miseria: es patente el tono despectivo hacia las hembras que impregna múltiples pasajes de la obra onettiana. Acude a mi memoria uno de La vida breve, donde el narrador, a propósito de una mujer con la que viene sosteniendo algo semejante a un romance, se despacha de repente con esta brutalidad: "La vi retorcerse, pequeña, imbécil hasta el tuétano, la cara sostenida con las manos".

Pero en ningún lugar la canallada llega más lejos que en El pozo, uno de los libros más sucintos y desgarrados del autor, donde se contiene este párrafo:

"He leído que la inteligencia de las mujeres termina de crecer a los veinte o veinticinco años. No sé nada de la inteligencia de las mujeres y tampoco me interesa. Pero el espíritu de las muchachas muere a esa edad, más o menos. Pero muere siempre; terminan siendo todas iguales, con un sentido práctico hediondo, con sus necesidades materiales y un deseo ciego y oscuro de parir un hijo. Piénsese en esto y se sabrá por qué no hay grandes artistas mujeres. Y si uno se casa con una muchacha y un día se despierta al lado de una mujer, es posible que comprenda, sin asco, el alma de los violadores de niñas y el cariño baboso de los viejos que esperan con chocolatines en las esquinas de los liceos".

Quizá haya que reconocerle a Onetti, no obstante, el mérito de aceptar hacerse odioso por derecho y sin tapujos. Es difícil encontrar a quien se atreva a confesar de esa forma sentimientos tan arraigados y a la vez execrables. En este momento consigo recordar solamente a otro conspicuo misógino, el poeta catalán José María Fonollosa, que pudo escribir aquellos candorosos versos:

Es mala esta mujer. De verdad mala.

Tan mala como linda. Si la dejo

me matará, lo sé. Lo sé de veras.

Mis amigos se ríen. Yo estoy triste

pues no logro apartarla de mi lado.

Ojalá no me amase o se muriese.

La cuestión, sin embargo, es que al lado de estos pocos pilotos kamikazes de la palabra, existe en el mundo de las letras toda una legión de despreciadores sutiles y oblicuos de la mujer como ser de carne y hueso. Lo son, al menos en potencia, los que en alguna ocasión se han deleitado desmedidamente con princesas lánguidas, los que han acreditado una afición malsana por las vampiresas y los que se han burlado vilmente de las viejas solteronas. Sólo con esto ya abarcaríamos una buena porción de la nómina de escritores de la literatura universal, pero aún queda otra categoría de emboscados, los que eligen menospreciar a la mujer ensalzando a cierta clase de mujeres. Entre ellos puede también mencionarse un caso ilustre, y que de nuevo para evitar suspicacias es el de un escritor por el que declaro sentir cierta reverencia: Alejo Carpentier.

En una de sus obras mayores, Los pasos perdidos, el protagonista, un tipo más bien desorientado, se interna en la selva amazónica en pos de algún tipo de redención. Y la encuentra: una mujer en la que cree encarnada la esencia misma de la mujer, una mujer exenta de falsedades que le alivia de su aburrido matrimonio y de una amante cuya inteligencia empezaba a hastiarle (sic). La presunta mujer esencial es una criatura de sentimientos elementales, una habitante de la selva que se llama a sí misma Tu mujer, cuando habla con el protagonista. No puede haber más proclamaciones de amor a esta mujer a lo largo del texto, que desemboca en un emocionado final, pero cabe intuir que la pasión se asienta no en lo que ella es, sino más bien en todo aquello que no es.

Un repaso como el que queda hecho, y podrían emplearse otros muchos ejemplos y extraerse conclusiones aún más contundentes, hace planear alguna duda sobre la aptitud de un escritor varón para abordar, como no sea desde el desdén o la ignorancia, el asunto de la relación entre mujer y literatura. Sin embargo, y para empezar a impedir desde ya que prospere ese tópico, pueden esgrimirse algunos argumentos en descargo de los escritores. Y en mi parecer, ninguno es mejor que el inventario de colosales personajes femeninos creados por los no pocos hombres que supieron acercarse con agudeza a la realidad de la mujer; personajes que poseen toda la hondura, la fuerza y la consistencia que al lector le cabe demandar. No son pocas, estas heroínas, y algunas están en la mente de todos. Podría señalarse entre ellas a la complejísima Celestina, o a la poderosa y a la vez adorable Madame Rênal de El rojo y el negro (personalmente, una de las criaturas de la literatura universal que más me cautivan). Podría citarse, también, a la disolvente y estoica Molly Bloom que cierra el Ulysses, en ese fragmento que quizá sea uno de los más deslumbrantes estallidos de la literatura de este siglo.

Para componer esas mujeres, quienes escribieron los libros en los que ellas aparecen no pudieron limitarse a esa mirada adocenada y burda que quiere el prejuicio. Esos hombres, y muchos otros a lo largo de la historia de la literatura, asumieron el deber de conocer la sensibilidad femenina, o lo que es lo mismo, se interesaron verdaderamente por la mujer como ser real, sin hacer de ella un muñeco más o menos tosco, sólo susceptible de ser utilizado para el regodeo o el desahogo, o como chivo expiatorio con el que dar salida a bajas pasiones y frustraciones masculinas diversas. Y no creo que ninguno de ellos se avergonzara de su interés por lo femenino, porque acercarse a ese otro lado de la frontera entre los sexos es tanto como ensanchar el territorio de la imaginación y de la inteligencia, que son la primera materia del arte.

Pero es el momento de regresar a la literatura femenina. Y quizá nada mejor que hacerlo con una interrogación.

II. ¿EXISTE LA LITERATURA FEMENINA?

No pretendo con esta pregunta provocar al auditorio, de cuya indulgencia ya he abusado con las dos o tres citas anteriores. Tampoco trato de abrir una discusión metafísica, pese al siempre alarmante uso del verbo "existir". Mi empeño en este punto es volar mucho más bajo. Aludo a esa discusión en la que parece casi vergonzoso no tener una postura, y bien definida: ¿Hay algo que haga a los libros escritos por mujeres esencialmente diferentes de los libros escritos por hombres?

He oído a algunas escritoras rechazar indignadas tamaña insinuación. Y he oído a otras anatematizar a quienes dudan de ella. Entre los escritores también he oído de todo. Creo que predomina lo primero, no sé si con una especie de suficiencia (los libros de mujeres son distintos, menos complejos) o con una parte de envidia (los libros escritos por mujeres son diferentes, parece que ahora se venden más).

La verdad es que debo confesar que alguien como yo, ajeno a cualquier militancia en este terreno, no sabe muy bien a qué carta quedarse. Para juzgar de la diferencia entre hombres y mujeres, no tengo otro recurso que subir desde lo obvio.

Es claro que la especie nos ha diseñado para cometidos biológicos distintos, lo que determina los rasgos anatómicos y fisiológicos que nos separan. También parece que, en función de esa finalidad distinta, las mujeres son más resistentes a las enfermedades y a los patinazos mentales (los suicidas son muy mayoritariamente varones), y en consecuencia más longevas. Puede afirmarse también, aunque esto ya es entrar en terreno pantanoso, que la naturaleza establece las diferencias mencionadas porque calcula que la mujer es la que atenderá a la prole. Sabido es que a la especie, que se rige por leyes biológicas estrictamente nazis, el individuo le importa un bledo: lo que protege es su propia perpetuación, que vendrá de los procreados y no de los procreantes, cuya muerte es incluso necesaria y conveniente a partir de cierto momento.

Si del terreno de la pura animalidad pasamos a la inteligencia, que en definitiva es la que produce la literatura, la cosa se complica. Parece que los neurofisiólogos han detectado diferencias entre el funcionamiento cerebral masculino y femenino (y parece, por cierto, que el balance de esa comparación no es desventajoso para la mujer). Como la actividad cerebral tiene un soporte físico, el intercambio de iones que se traduce en los espasmos de las células nerviosas (algo que descubrí con cierto horror al estudiar bioquímica), quizá no deba descartarse que la naturaleza haya entrado en ese detalle para amarrar también de algún modo sus monomaníacas intenciones.

Sin embargo, carezco de la cualificación científica precisa para llegar a alguna conclusión por ese camino, y no sé si alguien la posee. Una alternativa para salir del atolladero, bastante utilizada en las discusiones literarias, es elegir la postura que a uno le pida el cuerpo y defenderla alzando mucho la voz. Pese a la solemnidad con que algunos proclaman la ineludible prevalencia de lo que a ellos se les antoja mejor, en literatura no hay casi ninguna verdad objetiva contrastable en términos de certeza. Por decirlo pedantemente (se admiten abucheos), en esta materia casi no hay conceptos "falsables", en el sentido popperiano. En literatura, en suma, todo es cuestión de pura opinión, y lo mismo que André Gide consideró un disparate infumable la obra de Proust (aunque se arrepintiera luego), pasan ante muchos por maravillas las cosas que otros cubren de inmundicia. Ahora bien, para no volvernos locos ni enfadarnos los unos con los otros más de lo necesario, no estaría de más que de vez en cuando nos esforzáramos por que nuestras opiniones en esta materia fuesen menos categóricas, a la vez que menos gratuitas. Y aunque me cueste y sea arriesgado, aceptaré el esfuerzo. Lo que concluya (o no concluya) sobre el asunto que hoy me ocupa, trataré de justificarlo.

No está de más, cuando uno observa una realidad cultural como la literatura, prestar alguna atención a lo que dice la sabiduría convencional. Según ella, entre la inteligencia femenina y la masculina podría establecerse una doble contraposición, cuyo resultado conjunto para cada una de ellas no está exento de paradoja. Así, las mujeres serían más emotivas, mientras que los hombres tenderían más a la racionalidad. Y por otra parte, las mujeres serían más pragmáticas, mientras que los hombres presentarían una mayor propensión a la utopía. Lo que arroja como resultado mujeres emocional-pragmáticas y hombres racional-utópicos. Si este planteamiento fuera cierto, tendría su reflejo en las obras escritas por unos y otros: en los libros compuestos por mujeres se prestaría mayor atención a los sentimientos y a los pequeños detalles concretos de la vida; mientras que las obras masculinas estarían más marcadas por un raciocinio abstracto, a menudo conducente a ideas exageradas y quiméricas.

He conocido a no pocas personas que creo que suscribirían sin muchas dificultades esta sencillísima caracterización. Por lo menos en términos de orientación general, que ya sabemos que para todo pueden encontrarse excepciones (incluso virulentas). Y no diría que entre estas personas predominan las mujeres o los hombres.

Por seguir recogiendo datos, con humilde empirismo, podemos poner encima de la mesa a continuación uno que abre una fisura en la idea más o menos preconcebida que acabo de exponer: hágase el experimento de entregar a unos lectores de sensibilidad y gustos diversos un número X de relatos, la mitad escritos por hombres y la otra mitad escritos por mujeres. Omítase indicar en ellos el nombre y el sexo del autor. Pídaseles que identifiquen, entre ellos, los que creen debidos a un varón y los que creen debidos a una mujer. Se obtendrán no pocos errores, y además los errores no serán los mismos en cada lector o lectora. Este pequeño juego lo he hecho a menudo en concursos literarios de los que he sido jurado, y puedo decir por mi propia experiencia como lector enfrentado al acertijo que, salvo que la obra presente un claro carácter autobiográfico y uno pueda apostar sobre esa base, no es nada difícil confundirse.

Lo dicho pone en cuestión esa pretendida diferencia entre literatura femenina y masculina. Sin embargo, dispongo de una anécdota personal muy repetida que iría en el sentido contrario. He escrito dos novelas juveniles cuyas protagonistas y narradoras son adolescentes de catorce o quince años. Las dos están en primera persona, y refieren, entre otras cosas, las sensaciones de esas adolescentes ante hechos ordinarios y no tan ordinarios: sus enamoramientos de chicos de su edad, sus relaciones con sus amigas, sus conflictos, etcétera. Uno de los comentarios más reiterados por las lectoras, jóvenes y adultas, de esas dos novelas, es que no podían creerse que estuvieran escritas por un hombre. Luego existe la convicción, entre las propias mujeres, de que ciertas realidades sólo pueden novelarlas las mujeres. De ahí que se perciba como anómala la irrupción en ellas de un novelista varón. Y cuando el río suena, agua debe de llevar.

Habría que desdramatizar este debate. Creo que en términos generales, apreciando grandes tendencias, y admitiendo una legión de incomodísimas excepciones, sí hay cierta diferencia entre la literatura escrita por mujeres y la escrita por hombres. Y no porque me crea capaz de acreditar una nítida e inexorable diferencia natural entre la inteligencia de unos y otras (ya he expuesto mis pobres logros al respecto), sino porque la literatura y el escritor surgen de una realidad social y la realidad social de hombres y mujeres ha sido abruptamente diferente durante siglos. Todavía lo es, con mayor o menor dureza, en muchos lugares del mundo. Conviene recordar que el mundo no se acaba en Europa, y que tampoco Europa, por desgracia, se acaba en sus proclamadas buenas intenciones respecto de casi todo (incluida la igualdad entre sexos).

Las sociedades han desarrollado papeles masculinos y papeles femeninos, y eso, tenga o no una fuente natural (tampoco importa tanto, porque si de algo es capaz el ser humano es de violentar la naturaleza), ha condicionado la vida de los hombres y de las mujeres y también, necesariamente, lo que unos y otras han escrito. La realidad social, por otra parte, es siempre dinámica, lo que hace que algunos de esos papeles se alteren, se intercambien, se fusionen. Por eso de nada sirve una fotografía fija, y quizá ahora la diferencia entre literatura femenina y masculina, si subsiste, sea mucho menor que la que había en el siglo XIX. Como tampoco puede hacerse el mismo juicio respecto de la literatura que se produce, hoy día, en sociedades más desarrolladas y prósperas o en otras más atrasadas y acuciadas por las necesidades más básicas.

Un poco más adelante, con algunos casos prácticos, intentaré ilustrar esta teoría, que insisto, no es más que una opinión un poco apuntalada. Pero antes de eso, debo referirme brevemente al concepto que da título a esta intervención.

 

III. LA MIRADA FEMENINA

Un famoso escritor de sensibilidad quizá femenina, al menos según la idea tradicional de la sensibilidad, nos dejó enseñado que la principal facultad que puede tener el escritor de novelas moderno no es el respeto de los cánones estilísticos, ni el encadenamiento trepidante de la acción, ni siquiera la absoluta coherencia de la trama. Ese escritor, que se llamaba Marcel Proust, demostró con una novela casi absurda, de miles de páginas de extensión, que el don principal que tiene el novelista moderno es el don de la mirada. Y la mirada, en Proust, es la finura y la profundidad en la observación del detalle y también del conjunto, la capacidad de atender minuciosamente al transcurso de la vida y de recrearla después, con todo su volumen e intensidad, en las páginas escritas. La mirada es descubrir lo que somos pero también lo que no somos, como si en realidad pudiéramos serlo. La mirada es aproximarse a la realidad con devoción y traérsela de vuelta como botín para verterla cuidadosamente en el papel.

Se me ocurre que el escritor que quiera tratar decorosamente a la mujer como sustancia literaria, tiene el deber primordial de ejercitar su mirada con ella. En un primer momento, el ejercicio consiste en observar a la mujer, en conocerla y comprenderla hasta donde sea posible. Pero el ejercicio sólo estará completo si el escritor llega a dar un segundo paso, en el que deberá ensayar algo más: experimentar y sentir la propia mirada que la mujer, o más bien las muchas mujeres que cabe concebir, dirigen hacia el mundo. Estoy convencido de que los escritores que consiguieron llegar a construir grandes personajes femeninos, superando la angostura de los clichés milenarios (Eva, Salomé, la misma Virgen María), completaron de alguna forma el ejercicio.

Y pudieron completarlo, en primer lugar, gracias a las mujeres reales que les rodeaban: sus madres, sus hermanas, sus esposas, sus hijas, sus amigas, sus vecinas. Ésa fue y sigue siendo para el escritor curioso e interesado una fuente irremplazable. Pero hay otra posibilidad de investigación que consiste en indagar con atención en la mirada femenina que ya quedó plasmada en forma literaria, o lo que es lo mismo, en la obra de las mujeres que sintieron la necesidad de escribir ficciones.

Es relativamente frecuente entre los varones un desdén más o menos automático hacia la literatura femenina, que a muchos parece que se ocupa sólo de esas pequeñas perturbaciones cotidianas que tan poco seducen al hombre (animal sediento de aventuras) o en el mejor de los casos de excesos sentimentales respecto de las que la única actitud viril aceptable es de una prudente tibieza. Ninguno de estos aspavientos ahuyentará al estudioso de la mirada femenina, aunque de vez en cuando, aquí y allá, deba constatar que no todas las escritoras (al igual que sucede con los escritores) nos muestran la misma hondura y longitud de mirada en sus obras. No todas las miradas son igualmente certeras y útiles respecto de la realidad del mundo, ni siquiera lo son respecto de la propia realidad de la mujer. Siendo eso cierto, sin embargo, todas enseñan algo al curioso y con ninguna puede considerar totalmente perdido su tiempo

Creo que es justamente a través de la búsqueda de la mirada como el escritor (no sé si el resto de la gente) puede sacar alguna utilidad de un ejercicio que en otro caso sería puramente bizantino, cual es al fin y al cabo el de decidir la existencia o inexistencia de una literatura femenina distinta de la masculina. Aceptada (provisional y cautelosamente) dicha diferencia, profundizar en la mirada que practican las mujeres que escriben libros sirve al escritor para construir mejor su propia mirada sobre la mujer. Y si es novelista, le ayudará sin duda a otorgar peso y relieve a los personajes femeninos que dé en inventar. Confieso que esto es lo que a mí me ha movido a investigar la materia, y perdóneseme por desvelar con esta franqueza e inelegancia mis utilitarios motivos. Vaya en mi descargo que no soy un estudioso de la literatura, en el sentido académico, sino sólo alguien que juega y trata de divertirse (y divertir) con ella.

Pero como la abstracción es enemiga de la amenidad, y acabo de proclamar mi alta y añado ahora que incondicional estima de la segunda, es el momento quizá de ilustrar todo lo dicho hasta aquí con los casos prácticos prometidos.

CASO PRÁCTICO 1: TRES ESCRITORAS INGLESAS

Mientras pensaba en las que podía considerar mis escritoras favoritas, en busca de ejemplos y material con el que soportar esta intervención, he reparado en una circunstancia si se quiere preocupante, pero que me veo forzado a admitir. Si me pidieran que escogiera tres escritoras, de cualquier época, las tres que elegiría hoy por hoy nacieron en Inglaterra, y las tres dentro de un círculo de no demasiadas millas de radio. Una lo hizo en el siglo XVIII, otra en el XIX y la tercera en el XX.

Este escalonamiento temporal resulta útil para mostrar la evolución de la mirada de la escritoras dentro de una misma sociedad. También permite comprobar o desmentir, a lo largo del tiempo, lo más arriba dicho respecto de las presuntas o discutibles notas distintivas de la literatura escrita por mujeres.

Me permitirán por ello que me refiera brevemente a cada una de ellas. Son Jane Austen, Virginia Woolf y una reciente y notable incorporación, Kate Atkinson.

Jane Austen

No es preciso, a estas alturas, gastar demasiada saliva en resaltar la trascendencia de la obra de Jane Austen. Caben pocas dudas, para quienes con más o menos recursos hemos podido enfrentarnos a sus textos originales, de que se trata de una de las prosistas más excelentes y precisas que ha conocido la lengua inglesa, tan diáfana y brillante que incluso quienes no hemos nacido en ese idioma nos dejamos llevar sin dificultad por el flujo de sus palabras. Concurre además en Jane Austen la circunstancia de ser una de las escritoras más apreciadas por los hombres más escépticos. Es célebre el caso de Disraeli, resabiado ministro de Su Graciosa Majestad Británica, de quien se decía que había leído Orgullo y prejuicio nada menos que diecisiete veces.

Y sin embargo, la obra de Jane Austen se ocupa principalmente de reflejar la vida de las muchachas que nacían en el seno de la baja aristocracia rural inglesa, con sus monotonías, sus pequeñas intrigas y sus expectativas cifradas, casi siempre, en el matrimonio con un joven de valía y posición que, al mismo tiempo, no resultara demasiado insoportable. De baile en baile, de vacaciones en vacaciones, de compromiso en compromiso, de boda en boda. Confieso que cuando abrí por primera vez mi pequeño ejemplar inglés de Orgullo y prejuicio, cuya portada está decorada con una especie de diseño florido de papel pintado y con un joven y una joven de aspecto aristocrático conversando al pie de un carruaje, no me las prometía demasiado felices. Pero de pronto me vi envuelto por la elegancia de la prosa, y ya desde la primera página, por el principal mérito de Jane Austen: una ironía inagotable que convierte en oro todos los pequeños sucesos sobre los que resbala. Cuando sólo tenía dieciséis años, Jane escribió una Historia de Inglaterra, parodia ingeniosa del texto más o menos oficial de Goldsmith que la joven escritora, como todos los escolares de su país, había debido soportar. El subtítulo del texto ya es significativo: "Escrita por una historiadora parcial, ignorante y cargada de prejuicios". El texto, que rezuma malicia por todas partes, tiene como finalidad fundamental reivindicar la memoria de María Estuardo. Y así describe, por ejemplo, la muerte del Duque de Somerset, regente durante el reino de Eduardo VI:

"Fue decapitado, de lo que habría podido con razón sentirse orgulloso, si hubiera sabido que también ésa fue la muerte de María, reina de Escocia; pero como era imposible que tuviera conciencia de lo que aún no había sucedido, no consta que se sintiera particularmente feliz con aquel método".

Sobre esta joven Jane Austen escribió Virginia Woolf, por cierto, algo que bien puede extender su vigencia a toda la obra de la escritora:

"Las chicas de quince años están siempre riendo. Pero lo mismo están llorando al momento siguiente. No tienen un apostadero fijo desde el que puedan ver que hay algo eternamente risible en la naturaleza humana. Jane Austen, sin embargo, era diferente. A los quince años tenía pocas ilusiones acerca del resto de la gente y ninguna acerca de sí misma. Cualquier cosa que escribe está acabada y cerrada y puesta en relación, no con el personaje sino con el universo. Es impersonal, inescrutable".

Quizá sea eso lo que más sorprende de esta escritora, que escribiera acerca de una peripecia vital relativamente estrecha, en la que ella misma estaba encerrada, con semejante despego, remontándose por encima de sus limitaciones para ejecutar las más despiadadas y sarcásticas disecciones del alma humana. Es de notar que todos los personajes que aparecen en sus ficciones, los masculinos y los femeninos, aparecen traspasados hasta los huesos por la mirada de la narradora. Normalmente no soy entusiasta de estas superioridades del autor sobre sus personajes, pero es difícil no ser partidario de hallazgos tan espléndidos como la grotesca declaración del clérigo Mr Collins a Elizabeth Bennett en cierto pasaje de Orgullo y prejuicio, en una de las más eficaces sátiras de la vanidad masculina que nunca hayan sido escritas.

De la mirada de Jane Austen, en fin, me quedo con esa minuciosidad gozosa y profunda con que nos desvela la potencia universal de la inteligencia y también del sentimiento. Ambos se entrecruzan en sus páginas para elevar sus aparentemente rutinarias historias rurales a la categoría de representaciones perfectas de las aspiraciones y las zozobras de los seres humanos. Y entre sus protagonistas, me abandono con idéntico placer a los encantos de Elizabeth Bennett, una de las más exquisitas chicas corrientes de la historia de la literatura, y a la maldad tenaz de Lady Susan, la protagonista de la novela epistolar del mismo título. Un aviso para quienes aún no conozcan a esta última: una femme fatale creada por una modosa habitante de la campiña inglesa a la que todo escritor debería mirar con atención, antes que dejarse impresionar por tantas otras mujeres fatales de cartón piedra que pululan por ahí.

Virginia Woolf

Esta escritora es para mí una especie de amor de juventud. Un amor que incluso llegó a los celos, por cuya influencia le suprimí durante un tiempo su apellido de casada y preferí referirme a ella con su nombre de soltera, Virginia Stephen. Este amor se alimentaba al principio de alguno de los retratos de juventud que de ella se conservan, en los que resplandece su belleza lacia y distinguida, reflejo pálido de la belleza rotunda de su audaz hermana Vanessa (de quien se dice que gustaba de bailar desnuda de cintura para arriba en las fiestas del grupo de Bloomsbury). Pero lo que de verdad me hizo querer a Virginia fue la lectura de un libro magistral que lleva por título Las olas.

Las olas consta de seis monólogos diferentes que van alternándose para construir la historia de seis personajes, tres hombres y tres mujeres, desde su juventud hasta su madurez. Cualquiera de los seis personajes es un caso ejemplar de construcción literaria, y eso vale en primer lugar para los tres hombres, Bernard, Louis y Neville, cuyos discursos son otros tantos ejemplos de creíble y compleja masculinidad. Desde la responsabilidad problemática y un tanto insoluble de Bernard, hasta la sutil fragilidad de Neville, la escritora navega con pulso, sin incurrir nunca en la caricatura desmañada, por la psicología de los hombres. Incluso apunta un cuarto personaje, Percival, que no llega a mostrarnos su voz nunca, pero en el que queda plasmada admirablemente la inutilidad trágica que constituye a veces el destino de los varones más dotados.

Igualmente notable es el elenco femenino, en el que la escritora despliega un abanico de mujeres tan posibles como sugerentes. Dos de ellas son abiertamente ordinarias: Susan, destinada a convertirse en madre y juiciosa gobernante de un hogar, y Jinny, entregada fervorosamente al juego de seducción a que la aboca su atractivo físico en una sociedad dominada por el hombre. La tercera, Rhoda, es excepcional; lírica y recóndita, indefensa y a la vez inflexible. Todas sus frases están atravesadas por la sombra de lo extraño y lo fatídico, como si padeciera a su pesar una lucidez que no se detiene ante el dolor. Cuando yo estaba enamorado de Virginia Woolf, me gustaba imaginar que Rhoda tenía el mismo rostro que Virginia y que los pensamientos más íntimos de Virginia eran las palabras de Rhoda. Pero del mismo modo que la magia de Rhoda resulta veraz, quizá el acierto mayor esté en el encanto que posee la veracidad cotidiana de Jinny y de Susan. El pragmatismo de Susan termina siendo la balanza que pesa los acontecimientos y la conciencia que busca y en parte encuentra el sentido de toda la historia. De esa forma, la escritora logra el equilibrio entre la fascinación y la realidad.

Virginia Woolf también es autora de una traviesa historia titulada Orlando, que trata de un muchacho que se va convirtiendo en mujer al tiempo que presencia el transcurso de varios siglos de la historia inglesa. Acaso ese libro sea un símbolo, en su armonía y sutileza, de la forma en que su autora supo cruzar y descruzar la barrera mental entre el hombre y la mujer. Aunque su conciencia era sin duda feminista, antes que emprender una refriega sangrienta opta por procurar una síntesis cargada de compasión, en el mejor sentido de la palabra: coloca los sentimientos femeninos y masculinos a una misma altura y trata de aproximarse lealmente a las causas de la incomprensión de tantos siglos. Las tres mujeres de Las olas están tan perdidas como los tres hombres, y nadie tiene la fuerza ni la dureza suficiente para imponerse a otro. A los hombres no les salva la ventaja social de que disfrutan; las mujeres no se doblegan bajo el peso de su postergación tradicional. Su destino es común, mirar la vida desde los recodos del camino y sopesar la vulnerabilidad de toda convicción.

La mirada de Virginia Woolf es pues escéptica, a ratos amarga pero nunca estridente, y está siempre empapada de ese leve humor británico. Un humor que se basa en la sospecha que ella misma enunciara al referirse a Jane Austen: debajo de la gravedad de la existencia, hay algo que eternamente da risa. A menudo se la acusa de frialdad, quizá por esa misma actitud, pero Virginia también tenía un sentido terrible de la vida que acreditó finalmente arrojándose al río Ouse con los bolsillos cargados de piedras. Con ello perdió tal vez el humor, aunque mantuvo el rigor de su estilo. Habría sido gravemente incorrecto flotar en la corriente, como una Ofelia de pacotilla.

Kate Atkinson

A orillas del Ouse, justamente, transcurre gran parte de la historia narrada en Entre bastidores, una novela recientemente publicada que debemos agradecer al talento de una autora de Yorkshire llamada Kate Atkinson. Es ésta una historia sorprendente, una especie de radiografía del siglo XX británico a través de una estirpe de mujeres más bien vulgares que nacen y mueren en el ambiente constreñido de la pequeña burguesía provinciana. Ninguna de estas mujeres tiene nada de llamativo, algunas padecen incluso de una acusada falta de sensibilidad e inteligencia, y a pesar de ello Atkinson acierta a construir a través de sus trabajos y desventuras un mosaico humano de extraordinaria riqueza y significación. Merece destacarse que estas mujeres protagonizan su epopeya desde el papel plenamente subalterno que en la sociedad de su tiempo les corresponde. Se relacionan con hombres que las engañan, las maltratan, van a las sucesivas guerras y a veces no vuelven, mientras ellas esperan y suspiran o los maldicen. Y lo más grande de todo es que al final uno llega al convencimiento de que ellas son quienes poseen una ventaja suprema: la de ser la verdadera conciencia de su tiempo. Los hombres van y vienen, afanados en proezas y mezquindades que unas veces tienen sentido y otras no; sólo ellas, estas mujeres relegadas y nada ejemplares, quedan para darse cuenta de lo que está sucediendo y se van transmitiendo unas a otras esa sabiduría, unas veces con premeditación y otras (mejor) involuntariamente.

Entre bastidores es, básicamente, un relatorio de calamidades. Si uno cuenta las muertes, violentas o naturales, pero sobre todo violentas, y los percances diversos, desde incendios a atropellos, llega a cifras casi fabulosas para un libro de trescientas páginas. Sin embargo, todas las desgracias se suceden con una suavidad inaudita, y a menudo con una hilaridad que llega a hacer que el lector se avergüence de su falta de piedad. Atkinson consigue que veamos morir a sus personajes, en ocasiones a tiernas edades y de formas crueles, con una sensación de completa naturalidad, porque nada de lo que vive tiene otra importancia que la de ser capaz de morir. Podrá creerse que se trata de una visión macabra del mundo, pero a mí se me antoja que viene a ser lo contrario. Por lo común la muerte es algo que se ignora para sufrir desmedidamente cuando al fin irrumpe en nuestras vidas. En esta novela la muerte termina siendo una presencia cotidiana que conviene conocer para aprender a disfrutar de nuestras pequeñas y sublimes vidas condenadas. La serenidad con que Kate Atkinson deposita en nuestros cerebros esta idea, despojando a la muerte de su tremendismo secular, no es sino una prueba más de la fina astucia de esta narradora nada común.

El libro de Kate Atkinson está repleto de formidables historias que la protagonista y narradora va desempolvando con ayuda de las viejas fotografías familiares, donde sobreviven enigmáticamente todos los difuntos. Es difícil elegir una, pero puede mencionarse, por su paradójica belleza, la del soldado que para huir de su pánico en el combate, que le impide en cierta ocasión socorrer a un compañero herido, se dedica a adiestrar perros militares en retaguardia. El soldado morirá al intentar socorrer a su perro predilecto, cuyos lastimeros aullidos tras ser alcanzado por una bala alemana le hacen olvidarse del peligro. Todas las historias del libro están cargadas de una ironía y una perspicacia semejantes, y a la vez todo es de una conmovedora sencillez.

La mirada de Kate Atkinson extrae toda una mística de la normalidad. Ninguno de los sucesos de su libro, tan frecuentemente dramático, puede considerarse fantástico o extraordinario. Ninguna de sus mujeres es admirable, y ninguno de sus hombres pasa de ser una víctima infeliz de un siglo en el que tan a menudo se le ha negado al hombre la posibilidad de dirigir sus propios pasos, suponiendo que la haya tenido alguna vez. Todos flotan como pueden en la corriente, y a mi juicio es de esta confraternidad, unida a un humor inquebrantable, de donde surge la extrema eficacia de la crítica social que manifiestamente anima el libro. Ninguna escritora con conciencia puede dejar de sublevarse contra la centenaria opresión de su sexo, pero pocas han ofrecido una pieza tan tersa y convincente como Entre bastidores. Su fuerza está en demostrar, sin alboroto, que la distribución tradicional de papeles entre hombres y mujeres los condena a todos a una infelicidad innecesaria que ni unos ni otras merecen.

 Algunas observaciones comunes

 Estas tres escritoras, tan diferentes entre sí, poseen, a mi juicio, afinidades significativas. Las tres, y ésta es para mí una de sus mejores cualidades, tienen el coraje y la habilidad de sostener su mirada a partir de las mujeres reales y corrientes que existen en su época, antes que recurrir a mujeres estrambóticas, que ofrecen la facilidad del ruido o el escándalo pero la desventaja de su casi invariable inconsistencia. Las tres practican resueltamente el humor, que es el mejor antídoto contra las visiones obtusas y fanáticas que tanto degradan la literatura y cualquier otra creación del intelecto; la risa nos acerca a los dioses tanto como la ofuscación nos aproxima a las bestias. Las tres, por último, se apartan de la estéril reyerta entre sexos y deslizan una mirada atenta y comprensiva no sólo sobre las mujeres sino también sobre los hombres, que padecen más que se sirven de los privilegios que las viejas convenciones les asignan.

Su obra nos confirma en una de las hipótesis que avanzábamos al principio: la preferencia en la literatura femenina por los aspectos concretos, por una visión pragmática y apegada a la tierra. Alguna de estas escritoras llega incluso a contraponer esta visión, humorísticamente, con los desatinos fantasiosos de sus personajes masculinos.

Más en entredicho queda el supuesto sesgo emotivo, con desdén de lo racional, que también señalábamos antes como propio de la idea preconcebida sobre la literatura femenina. Estas tres autoras, sin prescindir del todo de los sentimientos, nos transmiten una mirada cargada de una ironía bastante acerada, y la manera en que nos presentan tanto las relaciones sociales como la psicología de hombres y mujeres, viene claramente precedida de una fría disección de tales realidades.

No es quizá ocioso señalar que esta tendencia es tanto más acusada a medida que avanzamos en el tiempo, y que se corresponde en buena medida con la evolución que desde 1800 hasta aquí ha experimentado la realidad social de la mujer en esa Europa occidental a la que Gran Bretaña (aunque a veces se resista) pertenece.

Tampoco sobrará decir, por cierto, que en esos mismos años y en ese mismo ámbito geográfico se puede advertir un mayor peso de los aspectos emocionales y una mayor valoración del detalle por los escritores varones, desde Stendhal a nuestros días (pasando por Proust, quizá el más brusco salto en esa dirección).

 CASO PRÁCTICO 2: EL HOY DIVERSO

El segundo caso práctico que quiero proponer tiene una naturaleza radicalmente diferente. Se basa en tres textos  correspondientes a otras tantas autoras. Dos de ellas son marroquíes y una norteamericana. Las tres escriben hoy, pero desde contextos socioeconómicos muy distintos. No hay que explicar demasiado en que difiere la orgullosa y frenética California, donde reside y escribe la autora norteamericana, y Casablanca, de donde proceden las dos marroquíes. La diferencia entre estas dos es un poco más sutil: una de ellas es una hija de la emigración a Europa, y por tanto una mujer a caballo entre los dos mundos; la otra es una de esas pocas profesionales que tratan de abrirse paso en la realidad tradicionalmente machista de su país.

El viaje en el espacio es también un viaje en el tiempo, por lo que respecta a la emancipación de la mujer, y lo es especialmente visto desde la realidad española actual. La escritora marroquí y residente en Marruecos, Fadela Sebti, representa un estadio mucho más atrasado que el nuestro. La otra marroquí, Leïla Houari, la difícil transición desde la tradición a la modernidad europea. Por el contrario, la estadounidense, Jen Banbury, ilustra una sociedad en la que la equiparación entre hombres y mujeres, por haberse iniciado antes, puede considerarse más avanzada que la nuestra.

(Lo dicho es naturalmente una simplificación y puede discutirse desde muy diversos ángulos, pero sirve a nuestros efectos).

Un somero análisis de los textos de cada una permite observar la importancia dramática del entorno social en la mirada de cada escritora. Permite, también, observar en qué medida una mayor proximidad a la sociedad machista tradicional redunda en una mayor proximidad a la idea tópica o usual sobre la literatura femenina, y cómo un mayor alejamiento provoca un desdibujamiento e incluso una inversión de los perfiles.

Fadela Sebti

En su breve nouvelle titulada Elle, esta escritora, abogada de profesión y especialista en el singular derecho de familia marroquí (que regula, entre otras cosas, la repudiación unilateral por parte del marido), nos relata la historia de un adulterio desde la perspectiva de la mujer, una profesional publicitaria de Casablanca (que viene a ser la más europeizada ciudad de Marruecos, aunque como se advertirá a continuación eso no es decir mucho). El relato se centra en la descripción física de la consumación de dicho adulterio y en las impresiones que experimenta la mujer mientras está quebrantando los rígidos moldes que se derivan de las reglas sociales a las que está sometida.

La protagonista intenta afirmarse contra esas reglas, sostener por la vía de la infracción su aspiración a la dignidad y a la autonomía personal. Pero lo que acaba constatando es que el adulterio la arroja a una inferioridad semejante al matrimonio, y casi se resigna a no poder transgredir el papel que tiene asignado. Sus esfuerzos por abrirse paso como competitiva profesional en el mundo de la publicidad tampoco le procuran la ansiada liberación, sino una "alienación suplementaria".

Así las cosas, la mujer acaba atrapada en sus sentimientos, reintegrada a su realidad de madre, esposa y casi sierva, sin posibilidad alguna de salvarse.

Leïla Houari

El relato titulado Mimuna, de Leïla Houari, narra un día en la vida de una chica de ese nombre, en una aldea del sur de Marruecos (lo que equivale a decir en una de sus regiones más pobres y atrasadas). A lo largo de ese día le suceden dos cosas: primero su amiga Haiat le revela que ha recibido una oferta de matrimonio, y que muy probablemente se marchará a la gran ciudad a vivir con su futuro marido; y después la vieja Rahma, una mujer que escandalizó en otro tiempo al pueblo por su vida licenciosa, y con la que Mimuna vive desde su infancia, muere de repente.

El eje del relato es la absoluta conmoción que ambos sucesos producen en el mundo de la joven Mimuna. Haiat es su amiga predilecta, con la que se insinúa una soterrada relación amorosa. Rahma es su mentora y su madre espiritual. En el mismo día, Mimuna queda desprovista de ambos referentes fundamentales, y tras enterrar a Rahma, decide abandonar la aldea. Gracias a un breve epílogo sabemos que, diez años después, Mimuna vive en parís, y que está casada con un hombre de ojos "azules, azules, azules..." (o lo que es lo mismo, un francés o un europeo).

Mimuna es una eficaz metáfora de la mujer que se desprende del lastre de su realidad tradicional (desaparecidas las ataduras que la ligaban a ella), y que emprende el camino de esa salvación simbolizada por la huida a Europa (y por su confusión con ella, consumada en el matrimonio con el europeo).

Pero el relato encierra una paradoja: en la aldea, las chicas hablan sólo de los hombres, del momento en que les harán oferta de matrimonio, y de si el hombre que se las llevará será bueno o malo. Su papel es pasivo, resignado. Mimuna se subleva contra esa resignación, pero su liberación es incompleta y denota el peso irremediable que en su mente ejercen sus orígenes: su ideal se realiza, precisamente, mediante la entrega a otro hombre (el europeo de ojos azules).

Jen Banbury

Jill, la protagonista de Like a hole in the head, novela de corte policiaco de la escritora de Los Angeles Jen Banbury, es radicalmente diferente de las heroínas de las dos escritoras marroquíes. Como puede apreciarse mediante la simple lectura del primer capítulo de la novela , Jill es una mujer que rivaliza con los hombres de igual a igual, que no tiene empacho en atacarlos broncamente (véase el enfrentamiento con un conductor justo al principio de la obra) y tampoco en escarnecerlos (llamando directamente dwarf, "enano", al hombre de corta estatura que le vende el libro dedicado por Jack London en torno al que gira la intriga).

Jill desprecia igualmente la estupidez del gato de la librería de lance en la que trabaja, y se refiere a él como boy, para que no nos quede duda de que es macho. Bromea con el sonido de la caja registradora, diciendo que es como una vagina dentata, para impresionar al petulante actor que visita la librería y trata de ligársela. Y en su relación con el atractivo Timmy, a quien vende el libro que compró el enano, asume notoriamente el papel tradicional del hombre en el cortejo y acecho a la mujer. Sus pensamientos y observaciones son miméticos de los que concebiría, desde el otro lado, el clásico grupo de albañiles que ven pasar a una maciza en minifalda.

Todos los personajes con los que Jill se relaciona en este capítulo son hombres, y ante todos, infaliblemente, intenta imponerse. No lo consigue del todo con el guapo Timmy, pero por la misma razón por la que el Philip Marlowe de Raymond Chandler (de quien la literatura de Banbury es manifiesta deudora) no se impone en El largo adiós a la divina Eileen Wade, la remota venus de los ojos violetas. Hasta en eso hay un calco (o inversión, según se mire) de arquetipos de la literatura masculina.

Jill es fría, calculadora y sarcástica; especialmente, con las mujeres que se pliegan de un modo a otro a la sumisión ancestral (por ejemplo, la pionera canadiense autora del trágico libro que lee en la librería, o la obediente mujer del moron -"imbécil"- que llama preguntando por un tal Blahah Joe). Pero al final del capítulo hay un guiño sentimental. Bajo su aparente hielo superficial, Jill esconde la nostalgia de su madre muerta, que al final de su vida perdió el olfato y le pedía a ella que la oliera.

Una impresión de conjunto

De la comparación de estos tres textos se desprenden miradas femeninas tan diversas que parecen en muchos aspectos opuestas. En los escritos de las dos marroquíes predomina el intimismo, las alusiones físicas (sobre todo al cuerpo femenino, y a sus atributos más caracterizadores), y un sentido romántico y fatalista de la vida. Mimuna y la innominada protagonista de Elle, cuya perspectiva asumen ambas narraciones, se ajustan sustancialmente, a pesar de su rebeldía contra la situación que les viene impuesta, al modelo tradicional de mujer, y sus preocupaciones a las que según el viejo prejuicio son las típicamente femeninas. No puede ser de otra forma. Incluso Mimuna, que huye a París, está encerrada en la celda de su educación marroquí.

Banbury, en cambio, rompe violentamente con esos modelos. Su personaje tiende al razonamiento abstracto, al cinismo, e incluso a la bravuconería tradicionalmente masculinos. A lo largo de la novela se irá perfilando como un personaje capaz de afrontar las azarosas empresas que siempre han estado reservadas en literatura a los hombres. Arriesga su vida, y hasta asume compromisos absurdos en la más genuina línea del irreflexivo aventurerismo masculino.

Y sin embargo, algo queda. Ese giro sentimental (y familiar) del final del capítulo, su meticulosidad al describirnos cómo el gato lame su propio vómito, o cómo viste cada uno, corresponden aún al viejo arquetipo de la sensibilidad femenina.

Puede que dentro de cincuenta años en las escritoras de Los Angeles ya no quede ni ese residuo. Es también posible que mucho antes, si no sucede ya, el camino inverso que recorren los escritores varones, consintiendo en emplear materiales tradicionalmente "femeninos", disipe desde el otro lado cualquier sombra de diferencia. Y cabe, en fin, que el fenómeno no sea ni positivo ni negativo ni todo lo contrario. Aunque el título y el contenido de esta intervención queden definitivamente invalidados.

CONCLUSIONES

No hay nunca conclusiones en literatura, y la mejor creación literaria nos arroja en el mejor de los casos a una intuición limitada y a una vasta incertidumbre sobre la realidad de las cosas. No quiero por tanto terminar estas palabras con algo que dé la sensación de que tengo una idea clara y acabada sobre todos los asuntos a los que me he referido. En vez de eso, me limitaré a desear, por bien de lo que podamos escribir y leer en adelante, que los escritores no demos la espalda nunca a la mirada femenina. Por lo menos mientras exista y podamos intuir en qué consisten sus peculiaridades.

Pero igualmente confío en que siga habiendo mujeres que atraviesen la raya y que en lugar de reducirse a crear maniquíes groseros y vociferantes (como ha sido el caso de alguna literatura femenina) sepan ofrecernos hombres. También para las escritoras está disponible, en toda su variedad y contradicción, la mirada masculina.

 

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