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El oficio de mendigo por M.J. Andreo

El oficio de mendigo por M.J. Andreo

Llovía a raudales. El coche se deslizó suavemente hacia el mismo semáforo donde se apostaba, como cada día, el mendigo de mirada desvalida y andares cansinos. Abordaba al conductor de turno con desencanto, ofreciéndole un paquete de pañuelos que golpeaba rítmicamente con sus manos (siempre la misma cadencia: pam pam  pam-pam-pam)  y, silencioso,  parecía implorar perdón por su presencia y su circunstancia. Lo siento, amigo. No hay más remedio. La vida me trato mal, ya ves. Ni la oportunidad de vivir delinquiendo me ofreció. Hay quién no vale para según qué cosas.

Repitiendo un gesto habitual, la mujer levantó la tapa del diminuto cenicero del automóvil  en el que solía dejar, de manera premeditada, alguna moneda para el carrito del supermercado. También aquella mañana decidió ser generosa. Pobrecito, salir a pedir con este aguacero. Qué pena, hay quién no tiene suerte ni para que le luzca un buen día. Que un rayito de sol ilumine tu jornada, compañero

Bajó, apenas, la ventanilla y se dispuso a realizar la buena obra del día. El mendigo se apresuró a salir de debajo de la cornisa que le protegía y se acercó con solicitud, alargando un paquete de pañuelos hacia su rostro. Ella, torpemente, atrapó la moneda con prisas y ésta saltó con presteza de sus dedos para perderse bajo el asiento del coche y enredarse en la pelusa de la alfombrilla. ¿Qué ha sido de esa moneda? ¿Dónde diablos se habrá metido? Por favor, el semáforo ya cambia.

Se encogió de hombros e improvisó atropelladamente unas palabras de perdón. Lo siento, otro día será. No consigo dar con la moneda ¡Qué le vamos a hacer! Sonrió tontamente, sintiéndose incómoda por haber generado una falsa expectativa en aquel triste individuo al que la suerte le giraba la espalda. Esperó conmover al desventurado,  pero se halló con su mirada de fuego y sus dientes de rabia. ¡Señora! No me haga perder el tiempo ¿Tiene o no tiene? ¡Maldita sea su estampa!

La violencia verbal del sujeto le impactó como un directo en la boca del estómago. Uuuuuggg! Casi experimentó físicamente el golpe y boqueó para recuperar el  aliento. Sorprendida por la transformación espontánea de su mendigo-Jekill, vulnerable, desamparado y sumiso, en aquel mendigo-Hyde poseído, arrebatado y furibundo, caló el coche en el primer intento de escapar de tan desagradable situación. Puso en marcha el vehículo como pudo, rascó la marcha y apretó a fondo el acelerador, que rugió desconsideradamente sobre el asfalto encharcado antes de superar la línea de meta del actual semáforo. Pero, ¿qué le he hecho yo? ¡Vaya desagradecido! ¡Tendré yo la culpa de que no se pare nadie a aliviar su mal día!

Afectada por aquel inesperado atropello, continuó por la vía principal, olvidándose de girar hacia la derecha en la rutina del camino a casa, y unos metros después, cuando se dio cuenta de su error, paró en seco en el arcén lateral y encendió las luces intermitentes. Con más desazón que furia, acertó a extraer un pañuelo de uno de los tres paquetes que descansaban en el salpicadero, desgarrando la superficie con su nervioso  proceder, y se enjugó las lágrimas calientes en un jirón de papel. Aturdida, no acertaba a entender qué extraña fuerza había movido al ingrato pedigüeño a  tratarla de manera tan desconsiderada. Se agolparon, solícitas, las excusas en su embarullada mente. Mal día con esta maldita lluvia. Evidentemente, no me ha conocido. Siempre paga con una sonrisa agradecida aunque la mitad de los días apenas lleve suelto.

A través del espejo retrovisor  apreció, casi sin querer, la buena disposición del mendigo que, rehecho del contratiempo y recurriendo a su buen oficio, ofrecía su hermético pero apacible semblante  a un nuevo conductor. ¡Qué cara tan dura!¡Con el mal rato que me ha hecho pasar! ¡Habráse visto qué jeta se gasta! Con más aplomo esta vez, cogió un nuevo pañuelo y lo desplegó con cuidado. Se secó las lágrimas con presteza y se sonó ruidosamente, arrugando finalmente el papel y lanzándolo con brío por la ventana. Arrepentida por el gesto de rabia y con cierto desencanto interior, encendió el vehículo y se incorporó rápidamente a la calzada. Decidió seguir por la vía principal y torcer en la primera calle que pudiera en dirección a su hogar, donde se olvidaría del nefasto final de aquella frustrada obra de caridad

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